
Tenía esas terribles ganas de ir allá, subir, y trepar los filos, quedarme ahí en la roca más alta, en la cornisa fría, y subí así a lo más alto y lejano, donde todo se veía como era, inocuo, indigno. Y dejar atrás la vida con todas sus sorpresas. Y así decidido caminaba, hasta alcanzar eso que buscaba y la nada.
Mas ahora, con el sol sobre la cara, con el viento implacable en los huesos cansados, sin pensar, sin prometer, nada más me volví a los peligros y salté dejando libre de mi hastío esas torres cristalinas, y raudo al vacío caí hasta los valles, y sentir el calor volviendo a mis dedos y el aroma invadido de esos tonos sureños. Solo despegando los pesados pies con la vista hacia el todo, hacia la vida, hacia mis manos, levantando los viejos zapatos que elevaron mis cienes de la masa incierta.
Y así cayendo y los pies pesados... y la tierra misma abríose, blandiéndome en sus brazos...
